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Verdades alternativas

Columna- Almudena Grandes 22/03/2019
 

NO ESCRIBO con intenciones ocultas, ni pretendo aumentar la confusión, al contrario. Simplemente, me gustaría saber la verdad. Y tal vez es culpa mía. Tal vez se han publicado grandes análisis y me los he perdido, o no estaba viendo la cadena de televisión que emitió un reportaje exhaustivo sobre el tema, o estoy tan concentrada en mi trabajo que no me entero de nada, puede ser. Pero no recuerdo haber visto, o leído, o escuchado en ninguna parte un relato objetivo, fiable y veraz sobre las razones de la situación que padece Venezuela.

Sobre mí se han derramado, eso sí, toneladas de información. Todos los días leo, veo, escucho alguna. Supermercados saqueados, farmacias desoladas, enfermos que se sienten abandonados a su suerte, parturientas que cruzan la frontera para parir en Cúcuta, niños pequeños que cruzan un río a diario para estudiar en colegios colombianos, venezolanos sumidos en la desesperación, columnas de emigrantes con las maletas a cuestas, manifestaciones de un signo, manifestaciones de otro, acusaciones cruzadas, que culpan al Gobierno, que culpan a Donald Trump, que culpan a Nicolás Maduro, que culpan a las multinacionales. Pero, e insisto en que a lo peor es culpa mía, todos los días veo a muchos reporteros entrevistando a toda clase de gente en las calles y no recuerdo a un solo analista que se haya propuesto desentrañar los verdaderos motivos de lo que ocurre.

Yo nací en la segunda mitad del siglo XX y recuerdo sucesos envenenados, madejas tan enrevesadas que parecían imposibles de desenrollar, la guerra de Vietnam, el conflicto árabe-israelí, los territorios ocupados en Palestina, la guerra del Líbano, la de Irak, Hezbolá e, incluso, mucho más recientemente, el nacimiento del Estado Islámico, primero Isis, luego Daesh, pero no recuerdo haber tenido nunca la sensación que tengo ahora. Mientras aquellos acontecimientos sacudían el mundo, los diarios, las radios, las televisiones ofrecían análisis casi diarios sobre el terreno, a menudo de urgencia, tan apresurados que a menudo resultaban erróneos y tenían que rectificarlos al día siguiente, pero no se limitaban a describir los efectos de las cosas, sino que intentaban indagar en sus causas. No quiero ser injusta ni parecer radical, pero tengo la impresión de que, en el siglo XX, edad de oro del periodismo de investigación, sabríamos quién, o quiénes, son los culpables de los apagones, de los saqueos, de las privaciones que han provocado una desesperación que ha terminado sembrando las calles de cadáveres.

Ahora sólo tenemos acceso a las versiones partidistas de la población de Venezuela. Nos dan a elegir entre creer a un médico que dice que no tiene ni mercromina para curar a sus pacientes, o creer a un estudiante que dice que él jamás habría podido acceder a la Universidad si no se hubiera producido la revolución bolivariana. En apariencia es un enfoque equitativo, pero no resuelve nada, porque lo más probable es que ambos, el médico y el estudiante —las mujeres venezolanas sólo interesan a las cámaras cuando hacen cola para comprar pan, pero esa es otra historia—, digan la verdad. La cuestión no es que sean o no sinceros, sino qué ha pasado para que su verdad resulte interesante para los medios de comunicación de todo el mundo. Y eso, quienes son los responsables de lo que está pasando y por qué ha llegado a pasar, es lo que no sabemos con certeza.

No aspiro a una historia de buenos y malos. Tampoco a exculpar o incriminar a un Gobierno que ha hecho muchas cosas mal. Seguramente tantas como las fuerzas de la oposición, porque a una situación como ésta difícilmente se llega por los errores de uno solo. Pero entre quienes le echan la culpa exclusivamente al Gobierno por la hiperdevaluación de la moneda, y quienes advierten que el desabastecimiento se debe a que los venezolanos pobres ahora son más ricos y consumen más, me resulta imposible discernir entre la verdad y la propaganda.

Más allá de ese punto, no estoy segura de nada. Y ya sé que las mentiras que el público quiere creer que son ciertas, esas que ahora se llaman verdades alternativas, definen el siglo XXI, pero no me resigno.

Porque me gustaría saber la verdad, la única, la otra, la de siempre.