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El agente Preciado

Diario- El País 24/04/2019
La escritora Cristina Morales reflexiona sobre "Un apartamento en Urano", un tratado de Paul B. Preciado contra la identidad
 

Tiene Juan Bonilla un bellísimo poema en su libro Cháchara de 2010 titulado «Yo es otro» que dice:

"La Y es un tirachinas, / la O una piedra./ El Yo un arma cargada. / (…) / La Y es un tirachinas, / la O una piedra/ Arrójala contra tu propio tejado / y deshazte del arma"

Un apartamento en Urano. Crónicas del cruce es un tratado contra la identidad, siendo la identidad no otra cosa que el cómodo lugar de reafirmación del yo.

Un apartamento en Urano es, pues, asimismo, un tratado contra el yo.

Y esto lo dice una que no tiene la más mínima formación ni interés (si acaso, una curiosidad antropológica) en la psiquiatría, ni falta que le hace, como no le hace falta a ninguno de ustedes a la hora de acercarse a este libro. La labor de Paul B. Preciado es hacernos entender a todos, precisamente, que las categorías del «yo» y de la «identidad», tan poderosísimas, tan imprescindibles para comprender el mundo en el que vivimos, desde la alcoba al aeropuerto, desde el primer vistazo al espejo recién levantadas hasta el visionado del reality mientras cenamos; hacernos entender, digo, que esas categorías vertebradoras con las que damos besos, escribimos libros y vamos a manifestaciones son nuestros grilletes. Con ocasión de la publicación de mi anterior novela, Terroristas modernos, yo afirmé que el único terrorista era, histórica, etimológica y evidentemente, el Estado. Un periodista me preguntó entonces qué consideraba yo un artefacto terrorista. A lo que respondí que el artefacto terrorista por antonomasia es el DNI.

Es precisamente contra la dimensión nacional –y por definición xenófoba, clasista y racista– y la dimensión sexual –en este caso, binaria– del DNI contra las que Preciado afila sus hojas. Porque Crónicas del cruce pincha, corta, desuella, despieza. Decir que «deconstruye» sería un eufemismillo académico que creo no hace honor al espíritu antirretórico de esta obra, porque, dice Preciado, «[e]stas crónicas hablan de putas y maricas, no hablan de "sociología de la desviación", hablan de disidentes de género y sexuales y no de "disfóricos de género y transexuales" (…), hablan de la dificultad para habitar la ciudad y no de "ciudades verdes", o de "tribus urbanas", o de "barrios periféricos". Dejo esas palabras y su expectativa de clasificación y de control a los expertos disciplinarios: como decía Thomas Bernhard, "cuando el saber está muerto, lo llaman academia"».

Preciado, cual policía de paisano de esa armada de amantes que marcha por las páginas del manifiesto «Decimos revolución» que abre el libro, nos para –como si estuviéramos vendiendo o consumiendo latas en la plaza del MACBA o en la plaza del Sol– y nos pide el DNI o el NIE o el pasaporte o el certificado de solicitantes de asilo, pero no para identificarnos. A la manera en que, según relataba Federica Montseny, los anarquistas del 19 de julio de 1936 en Barcelona robaban bancos pero no para quedarse el dinero ni para redistribuirlo, sino para quemarlo en plena calle, el agente Preciado se saca un microscopio de la chupa y examina nuestra papela, la somete a pruebas de resistencia y flexibilidad, le hace al plástico (de modo que parece que está loco) una serie de preguntas que están más cerca del flirteo que del interrogatorio y, finalmente, se lo pasa por la cara, por el pecho y por el culo, coge la lata de Estrella que hemos dejado en el suelo como si no fuera nuestra, le da un trago y nos dice: «¿Cómo pueden ustedes, cómo podemos nosotros, organizar todo un sistema de visibilidad, de representación y de concesión de soberanía y de reconocimiento político de acuerdo con tales nociones [las de homosexualidad, heterosexualidad, transexualidad o intersexualidad]? ¿De verdad creen ustedes que son homosexuales o heterosexuales, intersexuales o transexuales? ¿Les preocupan esas distinciones? ¿Confían en ellas? ¿Reposa sobre ellas el sentido mismo de su identidad como humanos? (…) Permítanme decirles que la homosexualidad y la heterosexualidad no existen fuera de una taxonomía binaria y jerárquica que busca preservar el dominio del pater familias sobre la reproducción de la vida. La homosexualidad y la heterosexualidad, la intersexualidad y la transexualidad no existen fuera de una epistemología colonial y capitalista que privilegia las prácticas sexuales reproductivas en beneficio de una estrategia de gestión de la población, de la reproducción de la fuerza de trabajo, pero también de la reproducción de la población que consume.» Diciendo esto, el agente Preciado tira la casa por la ventana comprándole al latero un pack de seis e invitando a todo el personal, y concluye: «Es el capital y no la vida lo que se reproduce. Pero si la homosexualidad y la heterosexualidad, si la intersexualidad y la transexualidad no existen, ¿qué somos?, ¿cómo amamos? Imagínenselo.» Y el agente Preciado, sargento a punto de promocionar en el batallón sexo-semiótico, devuelve las papelas, pero sus propietarios, en lugar de ponerlas a buen recaudo en billeteras y monederos –reveladoramente llevamos los documentos siempre junto al dinero y reveladoramente nuestros bolsos, bolsillos y riñoneras están cerca del ano, de los genitales y de los senos, cuando no encima, ¡cuando no, dentro!–; pues en lugar de guardarlas las tiran al suelo, levantan sus birras, brindan por el subalterno trans que todos llevamos silenciado dentro y que por primera vez, esa noche primaveral en la plaza del MACBA que podría ser esta misma noche, habla y dice «Pongámonos todos a follar».

Así pues, Paul B. Preciado descuartiza, sí, pero también afeita, rasura, depila. Me gusta hablar de su escritura con la metáfora de los pelos porque el cabello y el vello, en tanto que marcas de identidad, juegan un papel en esta obra. Ya en el prólogo, Virginie Despentes dice que el autor llamaba «peludos» a los biohombres cuando aún no tomaba testosterona con regularidad, y el propio Preciado menciona que, de hecho, cuando las tomas se volvieron regulares, la aparición del vello no fue para él tan generadora de extrañezas y nuevas realidades como sí lo fue la transformación de la voz. Cuando en su DNI todavía ponía Beatriz, el autor tenía que afeitarse pulcramente y aflautar su voz para que le dejaran coger aviones, y usar prendas convencionalmente femeninas. Siguiendo con los pelos, nos cuenta Preciado que cuando Simone de Beauvoir empieza a cubrirse el cabello con un turbante al final de la Segunda Guerra Mundial, lo que está haciendo es desnaturalizar la gramática de la feminidad heterosexual: «El turbante es una técnica paródica, forma parte de un ejercicio de travestismo a través del que Beauvoir enmarca y teatraliza al mismo tiempo la feminidad burguesa heterosexual y su rechazo.» Y para acabar con los pelos, qué bello verso de canción punk nos regala Un apartamento en Urano cuando dice (me he atrevido a versificarlo porque rima y todo):

No queremos velo ni prohibición de llevar velo.

Si el problema es el pelo

nos lo raparemos.

Esa burla de lo heterosexual que practicara Beauvoir con su turbante, y esa música que suena en el libro de Preciado sin haber pasado por el conservatorio, me recuerdan al tema «Sigo siendo heterosexual», de la banda Def Con Dos, que forma parte del disco Armas pal pueblo, banda sonora de la película Acción mutante de Álex de la Iglesia, en la que se pone patas arribas el concepto de capacitismo, que también merece atención por parte de Preciado en el artículo «Me pone tu silla»:

"Desde pequeño me ha fascinado / el ambiente cargante de los gimnasios. / Tíos en gayumbos, sobacos sudados, / pelos negros retorcidos en el baño. / Me gustan los hombres vestidos de romano, / barracones llenos de mozos de reemplazo./ Los besos y abrazos que se dan los futbolistas / y los niños que cantan en misa. / Quiero ser condenado a galeras, / torsos desnudos, tatuajes, melenas; / latigazos, torturas, muchas collejas / y un gran rabo entre las piernas. / Pero a pesar de todo sigo siendo heterosexual. / Pero a pesar de todo sigo siendo heterosexual. / Me gustan las mujeres, o al menos eso creo. / Pero a pesar de todo sigo siendo heterosexual".

Yo creo que este es el espíritu, el alma, o el tono, si nos queremos poner laicas ilustradas, de Un apartamento en Urano. Preciado ya anuncia que no viene a dar lecciones ni a pontificar con normas. Sin trampa ni cartón, desde las primeras páginas de la introducción hace una configuración negativa de lo que el lector está a punto de no encontrarse:

"No les traigo ninguna noticia de los márgenes. Les traigo noticias del cruce, que no es ni el reino de dios ni la cloaca, sino todo lo contrario. No se asusten, no se exciten. No vine a explicarles nada morboso. No vine a contarles qué es un transexual, ni cómo se cambia de sexo, ni lo bien o lo mal que se pasa durante la transición. (…) Aunque el contexto es de guerra global, no encontrarán en estas crónicas ni pedagogía ni moral. En el cruce no hay dogma".

Eso dice Preciado, y yo me acuerdo de la enterrada tradición libertaria que con tanta alegría creaba y difundía Agustín García Calvo, me acuerdo del Manifiesto de la Comuna Antinacionalista Zamorana, que decía que de la comuna ni se es ni se deja de ser: se es más o menos. Me acuerdo también de un fanzine que ronda por las okupas de Barcelona y que transcribe una conferencia del mismo García Calvo, aquella que reza «Cómo se mata a un niño para crear un hombre»: el primer paso de ese asesinato, como constata Preciado, es la asignación de un nombre y de las fronteras que ello conlleva, entre ellas las sexuales; y qué estremecedor es el artículo «La destrucción fue mi Beatriz», en el que Preciado relata el proceso administrativo para cambiar de nombre. El asesinato que comporta la subsunción del ser (de «la multiplicidad radical de la vida», como lo llama el autor) en individuo: o sea, en administrado y en consumidor.

Yo creo que Paul B. Preciado se inserta en la tradición filosófica libertaria desenterrándola y enriqueciéndola, y lo hace ampliando la disidencia de género y sexo hasta los territorios que nuestros dominadores no quieren que alcancemos: vinculando fluidos tales como la leche materna, el semen, el flujo vaginal o la sangre menstrual a las estructuras del Estado y el capital. La modernidad crea la fantasía aséptica de la representación política y de la intimidad, de lo público y lo privado.

Texto leído por Cristina Morales es la presentación en Barcelona de Un apartamento en Urano en la librería La Central de Barcelona el 10 de abril. Morales es autora de libros como Lectura fácil (Anagrama, 2018), Terroristas modernos (Canday, 2017), Malas palabras (Lumen, 2015), Los combatientes (Caballo de Troya, 2013) y La merienda de las niñas (Cuadernos del Vigía, 2008).