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Martin Amis, ese admirable todoterreno

Columna- Carlos Boyero 07/05/2019
El escritor británico escribe sobre todo lo divino y lo humano en un admirable ejercicio de heterodoxia. "El roce del tiempo" les va a acompañar
 

Hace mucho tiempo que no me impongo leer algo por obligación, por el gran eco que haya provocado ese libro, para poder hablar con argumentos sobre sus esencias o sus horrores. Haría lo mismo con el cine, pero a eso estoy obligado por mi responsabilidad profesional. Pero existen autores que siempre me resultan adictivos y puedo marear a los libreros y agotar su paciencia preguntándoles una y otra vez cuándo se va a publicar su última entrega. Y cuando esta llega y la adquiero vivo las sensaciones que describía prodigiosamente Italo Calvino en el arranque de Si una noche de invierno un viajero.

Siempre espero con ansia las novelas de un individuo que me caía fatal, cuya desastrada apariencia (en los últimos años nadie le distinguiría de un clochard) y actitud cansinamente provocadora me parecían una agotadora pose, pero a cuya obra era incapaz de renunciar, casi siempre hipnotizado por su eterno viaje literario al fin de la noche, aunque no le apetezca o no haya sido capaz de cortarse las venas. Es Michel Houellebecq. Durante las cincuenta páginas iniciales de Serotonina, contando el viaje de Almería a Paris, el resurgir de su moribunda libido ante dos veinteañeras que se mueven sin rumbo fijo, el desganado encuentro con esa novia japonesa que en sus orgías también se lo monta alguna vez con un perro, me invade una lamentable sensación de déjà vu, todo me parece tan desganado como previsible. Cuando ese hastiado personaje decide abandonar su casa, su trabajo y a su amante, buscar un oscuro hotel al que solo exige que le permitan fumar en su diminuta habitación (mi identificación con ese refugio nicotínico es absoluta), ir al encuentro del único y acorralado amigo que le queda, atormentarse con el recuerdo y la culpa ante los amores perdidos, consumirse en un lento volcán autodestructivo, reencuentro al novelista demoledor que me fascina, me aterra y me revuelve zonas muy sensibles.

Y me llevo una alegría mayúscula al tener en mis manos El roce del tiempo, recopilación de los artículos y ensayos de Martin Amis, publicados en periódicos y revistas a lo largo de treinta años. Ninguno de ellos tiene desperdicio. Da igual que estés de acuerdo o desacuerdo con sus opiniones. Sientes el placer del texto, la personalidad, la brillantez, el estilo, la causticidad, el conocimiento, los amores, las fobias, el sentido crítico, la siempre afilada inteligencia de un escritor impagable. Me enamoré de la narrativa de Amis en su primera, tragicómica, deliciosa novela El libro de Rachel y desde entonces le sigo la pista. Con subidas y bajadas, pero incluso en sus novelas que menos me gustan, siempre existe en su prosa algo deslumbrante, que me engancha. Y me parece espléndida su autobiografía Experiencia o el retrato de Stalin Koba el Temible.

En El roce del tiempo, Amis escribe sobre todo lo divino y lo humano en un admirable ejercicio de heterodoxia. Del estado de las cosas, de la política (sus análisis de la personalidad y el comportamiento de Trump te hacen reír y te provocan miedo), de su paseo por la pornografía dura, de los campeonatos de póker en Las Vegas, los viajes promocionando su literatura, la figura y la muerte de Lady Di, el terrorismo islámico, el ambiente de una final de la Champions, de su padre, del amigo del alma Christopher Hitchens, de escritores que le apasionan con Bellow y Nabokov encabezando su altar. Hay libros a los que puedes retornar siempre, que te acompañan en la mesilla de noche por si te asalta el insomnio, con los que vas a disfrutar aunque los hayas leído varias veces. A mí me ocurre con George Steiner en The New Yorker y las Historias de Londres, Nueva York y Roma de mi amigo Enric González. El roce del tiempo les va a acompañar.