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La ampliación de los Balcanes se le atraganta a la Unión Europea

Diario- Bernardo de Miguel 13/05/2019
La próxima legislatura resultará básica para fijar la posición sobre la integración de la península
 

Los Balcanes, uno de los rompecabezas más complejos del Viejo Continente, se ha convertido en la última pieza, casi imposible de colocar, del mosaico europeo. Dos décadas después de las guerras de Yugoslavia, la mayor parte de la región mantiene un precario equilibrio político, económico y social mientras sigue pendiente de un posible ingreso en la Unión Europea que puede tardar muchos años en llegar.

La legislatura que arranca tras las elecciones europeas del 26 de mayo será decisiva para decidir la posición de Bruselas sobre una ampliación, tal vez la última, que el club comunitario no se atreve a digerir.

El club sigue en gran parte traumatizado por el big bang de 2004, cuando 10 países, entre ellos Polonia y Hungría, ingresaron de golpe y con serias dudas sobre su preparación. Pero la historia ha mostrado repetidamente el riesgo que supone descuidar los Balcanes, una región que ha demostrado más de una vez su temible potencial para desestabilizar a todo el continente. Allí empezó la I Guerra Mundial y allí se ejecutaron las últimas masacres y limpiezas étnicas del siglo XX en suelo europeo.

Solo dos de los países nacidos tras la sangrienta desintegración de Yugoslavia, Eslovenia y Croacia, han logrado subirse al tren europeo de la estabilidad y la prosperidad. Otros países de la zona, como Grecia, Rumania y Bulgaria, también forman parte ya del club comunitario. El resto, unos 18 millones de personas repartidas en seis Estados (Serbia, Bosnia Herzegovina, Albania, Macedonia del Norte, Kosovo y Montenegro), permanecen en una delicada situación geoestratégica donde chocan los intereses de los másteres tradicionales de la zona, como Rusia y Turquía, pero también de las dos hiperpotencias del siglo XXI, EE UU y China.

La Comisión Europea insiste en que la política de ampliación y vecindad continúa siendo uno de sus instrumentos prioritarios para estabilizar la periferia de la Unión, en particular, la región balcánica. Pero el actual presidente, Jean-Claude Juncker, aseguró nada más asumir el cargo en 2014 que durante su mandato (hasta 2019) no se produciría ninguna nueva incorporación al club.

La promesa de Juncker era fácil de cumplir, porque tras la entrada de Croacia (en 2013) no había ningún candidato en condiciones de cumplir los criterios de ingreso a corto plazo. Pero el objetivo de la Comisión era enviar una señal política clara que tranquilizara las opiniones públicas de los países miembros, presuntamente asustadas por el imparable crecimiento del club. Pero esa señal alentó también un peligroso desaliento entre los aspirantes. Y el síndrome de Turquía, país que pidió el ingreso en la UE en 1987 y 30 años después parece a punto de recibir un portazo definitivo, podría apoderarse de los candidatos balcánicos y animarles a buscar refugio en capitales muy alejadas de Bruselas.

"Será claramente contraproducente si se relega la ampliación a la cola de prioridades de la UE o se ralentiza el proceso, porque permitirá a otros actores, en especial a Rusia, intervenir en la región y cortejar a países como Serbia, Montenegro o Bosnia Herzegovina", avisa Corina Stratulat, directora de Política Europea del European Policy Centre, en un reciente análisis sobre la siempre postergada ampliación balcánica.

A principios de este año, el presidente ruso, Vladímir Putin, fue recibido en Belgrado con grandes honores y aprovechó su presencia en Serbia para acusar a EE UU y a otros países europeos de querer ejercer "un papel dominante" que desestabilizar la zona. Putin, que en 2014 logró frenar a sangre y fuego el acercamiento de Ucrania hacia la UE y la OTAN, parece dispuesto a plantar cara a la expansión de la UE en todos los lugares donde sea posible, desde Serbia a Montenegro o Moldavia.

La zona también ha despertado el interés de China, que ha incorporado a todos los países de los Balcanes, incluidos los que ya pertenecen a la UE, a su iniciativa 17+1, con la que promueve la inversión en infraestructuras ligadas a la Nueva Ruta de la Seda impulsada por Pekín. El foro celebró en abril en Dubrovnik (Croacia) su octavo congreso, con presencia del primer ministro chino, Li Keqiang. La inversión china en el este de Europa, incluidos los Balcanes alcanza ya los 10.000 millones de dólares, según los datos mencionados en Dubrovnik. Y los flujos comerciales entre los 17 y China aumentaron en 2018 un 21% hasta los 82.000 millones de dólares.

La presencia del gigante asiático ha disparado las alarmas de Bruselas. La Comisión Europea acusa abiertamente a China de inundar los Balcanes con una financiación barata destinada en gran parte a encadenarles con unas deudas impagables. Las inversiones chinas "suelen descuidar la sostenibilidad socioeconómica y financiera y pueden dar lugar a un alto nivel de endeudamiento y una transmisión del control de activos y recursos estratégicos", advirtió la Comisión en un documento del pasado mes de marzo sobre las relaciones con Pekín.

A la Comisión Europea que surja de las elecciones del 26 de mayo le tocará la difícil tarea mantener el atractivo de la UE en el extremo suroriental del continente. Stratulat recomienda que la nueva Comisión se involucre mucho más en la zona y que no olvide actuar siempre como "un socio creíble". Pero todo apunta a que no lo tendrá fácil. La Francia de Emmanuel Macron y la Holanda de Mark Rutte encabezan la resistencia contra una nueva ampliación, una posibilidad que la Alemania de Angela Merkel ve con buenos ojos. Los intentos de la alta representante de Política Exterior, Federica Mogherini, por resolver el conflicto entre Serbia y su antigua provincia de Kosovo (que se independizó unilateralmente en 2008) tampoco han llegado a buen puerto. Y los periódicos brotes de violencia étnica en distintas partes de la península balcánica reviven los peores fantasmas de una región que no acaba de encajar con el resto del continente europeo.