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Grandiosa puerta grande para Ureña

Diario- Antonio Lorca 15/06/2019
El torero murciano cortó las dos orejas del quinto tras erigir toda la tarde un monumento al toreo natural
 

Paco Ureña salió, por fin, a hombros por la puerta grande de Las Ventas tras una doble actuación clamorosa en la que levantó un monumento al toreo por naturales basado en la elegancia, el empaque, la firmeza, la inspiración y una concepción sublime del arte.

Toda la lidia del segundo toro fue una sucesión de exquisiteces de la mano de un torero que se sintió artista de los pies a la cabeza, desnudó su alma y se dejó llevar por el más puro sentimiento, de modo que cautivó a la plaza entera.

La obra comenzó desde que se abrió de capa con cuatro verónicas al hilo de las tablas; después, Juan Francisco Peña lo picó con maestría, midiendo al milímetro el castigo; galopó el toro en banderillas, y, a continuación, se inició una secuencia para el recuerdo.

Ureña hizo un quite en el centro del ruedo de tres verónicas preñadas de empaque, lentísimas, que le salieron del corazón, y una media de escándalo que llevó la emoción a los tendidos. Le siguió Roca Rey con otro por apretadas chicuelinas, y cuando todos creían finalizada la muestra, Ureña volvió al toro y cinceló cuatro delantales de auténtico sueño que culminó con un torerísimo desplante en la cara del toro que hizo que la plaza se viniera abajo.

Cuando citó con la muleta, al toro ya solo le quedaba media vida, entregado en los engaños desde que salió al ruedo. Entendió el torero la calidad del pitón izquierdo, y por ese lado construyó una labor de toreo rebosante de sabor, intermitente eso sí, pero todo un homenaje a la pureza; bien colocado siempre, los naturales nacieron largos, hermosos, de uno en uno ante la creciente oscuridad de su oponente, pero monumentos todos ellos a la grandeza. Solo una vez citó con la mano derecha, el toro se le vino encima, lo encunó y volteó de manera dramática. Y poco después, con los tendidos entusiasmados por la gracia y el empaque del torero murciano, llegó el error del pinchazo que deslució una faena preciosa de principio a fin, de estética sublime y calidad suprema.

Ureña pasó a la enfermería y le tocó el turno a Roca Rey. Las comparaciones son odiosas y en ellas perdió el torero peruano. Se mostró tan decidido como en él es habitual, pero ni sus toros, los dos mansos y rajados, le ayudaron, ni el torero encontró la inspiración. Muleteó al hilo y ventajista y parte de la plaza se lo recriminó con toda la razón.

Una ovación celebró la vuelta al callejón de Paco Ureña, necesitada como estaba la afición de otra porción de buen toreo. Y lo hubo, otra vez, a la verónica clásica. Bien picado, medido de nuevo, por Pedro Iturralde, el toro llegó a la muleta con la nobleza y la fortaleza suficientes para que Ureña dictara otra lección, otro monumento al toreo por naturales, de toreo excelso, de muchos quilates, extraordinaria, que culminó con el triunfo tan esperado del gran torero murciano.

Castella cerró su particular feria con mucha más pena que gloria. Cansado, vulgar, desanimado… cualquiera sabe. Terminó su labor en el quinto y el recuerdo de su paso por la plaza quedó anulado. Era ese segundo un toro rajado o, quizá, aburrido de tantas desgana de su lidiador. Y ante el otro, noble, manejable, repetidor y soso, provocó hastío y desencanto. Hay que ver para creer cómo un torero tan experimentado insiste una y otra vez en un toreo superficial y anodino que más que un intento de lucimiento derivó en una tortura.