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El reseteo mental de Jon Rahm

Diario- Juan Morenilla 17/06/2019
El golfista vasco, tercero en el US Open, su mejor resultado en un grande, necesitó parar al estar agotado de competir
 

Hace no tanto que Jon Rahm era difícil de controlar. Nacho Gervás, director técnico de la Federación Española, recuerda cuando en 2011 conoció al golfista vasco en su primer año en la residencia Blume. "Con 16 años era igual de grande que ahora [mide 1,91m y pesa unos 100 kilos] y con mucho carácter, era difícil de manejar por su carácer".

Las gamberradas de ese primer Jon Rahm son numerosas. El chico podía, por ejemplo, romper las barras de salida en un tee por un mal golpe con el driver, aunque llevara cuatro golpes de ventaja y quedaran cinco hoyos por jugarse. Una vez fue expulsado de un torneo por su comportamiento. Más de una vez acabó, arrepentido, en el despacho de Gervás después de perder los papeles. "Entendía que se había equivocado, sabía que tenía un problema, pero no se podía controlar", explica el formador.

El proceso de reforma de Rahm ha sido lento y costoso. Ha tenido que mediar un viaje de cuatro años a Estados Unidos, un trabajo mental, una adolescencia difícil... El resultado, a los 24 años, es un golfista que conserva en su interior ese fuego que le alimenta en el campo, pero que ha aprendido a mantener, casi siempre, a la fiera bajo control. Su tercer puesto en el US Open que finalizó este domingo, con -7, a seis golpes del ganador, el estadounidense Gary Woodland, es su mejor resultado en un grande y simboliza ese crecimiento y la nueva madurez adquiridas. "Ha pasado de estar descontrolado a estar bajo control, a aceptar el error. Es todavía muy temperamental, no es Koepka. Lo expresa cuando no le entran unos putts seguidos, pero que en cuatro vueltas de un US Open haya tenido dos momentos de perder los nervios supone una mejora muy importante. Tendrá sus sube y baja, pero los baja serán menos frecuentes. Esa madurez le va a permitir sacar más rendimiento a su juego", analiza Gervás.

Rahm continúa dando pasos hacia su objetivo declarado: ganar grandes y ser el número uno del mundo. Nunca ha escondido esa ambición, una declaración de intenciones que ha sido su combustible pero que a la vez le ha cargado de presión y expectativas por su propia exigencia de ser el mejor, y serlo ya. El proceso normal de quemar etapas para cualquier deportista ha mezclado mal con sus prisas. De ahí los gestos de ira y esa sensación de que en cualquier momento el volcán podía entrar en erupción. Hasta que ha sido esa excesiva presión la que le ha obligado a parar unos días antes del US Open, no tocar nada los palos de golf y resetearse mentalmente. Estaba agotado de cabeza.

"Soy bastante adicto al trabajo. Me gusta entrenar, estoy todo el día entrenando, sin parar, pero tuve que parar, dejar los palos, irme a la despedida de soltero de un amigo en Las Vegas y disfrutar de la vida como el hombre de 24 años que soy", explicó Rahm después de su tercer puesto en Pebble Beach con cuatro vueltas por debajo del par (69, 70, 70 y 68) y 18 birdies en el torneo. De no haber pasado hasta ahora el corte en un Abierto de Estados Unidos al podio. "Necesitaba un descanso mental. Después de tres años compitiendo al límite, estaba en la reserva. Me ha venido bien", dijo.

Es otro pasito más en el aprendizaje personal y golfístico de esta fuerza de la naturaleza que lucha por controlarse. Ya sabe Rahm que la vida no se acaba en el golf. Ahora prepara su boda, asentado en Estados Unidos, mientras en su mente va dando formas a lo que está en su adn: ganar y ganar.