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El equipaje de la desconocida

Columna- Almudena Grandes 07/09/2015
Era la misma maleta, nueva, roja, brillante, con el mismo identificador de plástico con el que se facturó en México DF
 

No sólo era parecida. No sólo estaba fabricada en el mismo material, no sólo era del mismo color, de la misma marca. Era la misma maleta, nueva, roja, brillante, sin una sola marca, ningún arañazo, con el mismo identificador de plástico que le habían obligado a incorporar al asa al facturarla en México DF y que ni siquiera se había molestado en rellenar. La había comprado dos horas antes, en una tienda del mismo aeropuerto, para transportar los regalos que no cabían en la suya. Una maleta pequeña nunca viene mal, pensó, y sin embargo no se le ocurrió llevarla consigo en la cabina, porque tenía que facturar la grande de todas formas. Antes de hacerlo, decidió proteger las dos envolviéndolas en el mismo plástico transparente, y después pensó que no merecía la pena estropear el embalaje para cambiar la combinación del cerrojo. En efecto, como si quisieran darle la razón, las dos salieron juntas por la cinta.

No sólo era una maleta parecida. Era su maleta, tenía que serlo, y por eso la abrió con facilidad. Sin embargo, no encontró en su interior tres rebozos, ni dos ocarinas de barro en forma de pajaritos, muy bien embaladas en papel de burbujas, ni vestidos bordados, ni belenes en miniatura, ni un pavo real de hojalata. Esa maleta, que no era la suya aunque tenía en el cerrojo los mismos tres ceros con los que había salido de la fábrica, contenía la ropa, los enseres de una mujer desconocida, porque carecía de cualquier identificación.

A la decepción de su madre, de su mujer, de sus hijos, se sumó un profundo desconcierto. A pesar de que la marca de ambas maletas se correspondía con una gran compañía internacional que vendía sus productos en todo el mundo, la coincidencia le resultaba tan incomprensible que al principio ni siquiera se le ocurrió qué hacer. Tras pasar un largo rato sentado a su lado, comprendió que su dueña estaría sentada en otra cama, echando de menos sus cosas, así que no podía ser muy difícil.

Eso mismo le dijo una telefonista de la compañía aérea, y que no se preocupara, porque las confusiones de este tipo solían resolverse con mucha rapidez. A continuación le sugirió que llamara en un par de días, y eso hizo no una, sino muchas veces, siempre en vano porque la propietaria de la maleta que había cerrado con mucho cuidado sin tocar nada de su contenido nunca llamó a ninguna parte para reclamarla. La telefonista no lo entendía. Él tampoco, pero fueron pasando los días y no pasó nada.

Dos semanas más tarde, su mujer le dijo que estaba harta de verla y la guardó en un armario. Seis meses después, él regresó al DF y volvió a comprar todos los regalos que su familia había perdido. Esa acción puso un punto final sólo aparente al episodio de la maleta equivocada. Su madre, su mujer, sus hijos dejaron de hablar del tema. Él también, pero no dejó de pensar en el equipaje de la desconocida.

Hasta que una tarde, al volver del trabajo, se encontró solo en casa y no advirtió la frecuencia con la que últimamente se repetía aquella situación, sino una oportunidad ideal para revisar el contenido de la maleta olvidada en un armario. Habían pasado casi quince meses desde que la recogió de la cinta, tiempo suficiente como para considerarse su legítimo propietario, y por eso la bajó del altillo, la abrió sobre la cama, la vació con cuidado. Así averiguó muchas cosas sobre una mujer que, a juzgar por el tamaño de sus tangas, debía de ser bastante joven. Que no era gorda ni delgada, porque usaba la talla M. Que seguramente era atractiva, porque en su neceser había cremas caras y cosméticos de calidad. Que era española, porque todas sus posesiones habían sido fabricadas en España o en esos países remotos, Bangladés, China o Malasia, donde producen las compañías españolas de moda. Que probablemente era ejecutiva de una gran empresa, porque, junto con ropa informal, viajaba con dos trajes de chaqueta y unos zapatos negros de medio tacón. Que no ocupaba un puesto demasiado elevado en el organigrama, porque las marcas de los trajes no eran excesivamente caras. Y que le gustaba leer, porque llevaba consigo dos libros leídos, uno intacto.

Aquella investigación duró varios meses y no llegó a interrumpirse cuando su mujer le abandonó. Después murió su madre, sus hijos fueron a la universidad, obtuvieron becas Erasmus, acabaron la carrera, uno se fue a Australia, el otro a vivir con su novia, y la maleta de la desconocida siguió estando allí.

Ya han pasado doce años, pero hoy ha vuelto a abrirla, a repasar su contenido, a imaginar a su dueña. Lo hace casi todas las semanas.

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