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Hiperrealismo criminal

Diario- Jordi Costa 17/07/2019
La película la dirige alguien que parece movido por la arrogancia de quien cree estar corrigiendo un borrador, pero, en realidad, está degradando un trabajo excelente
 

Desde los tiempos de las True-Life Adventures, serie de documentales realizados por el estudio entre 1948 y 1960, Disney parece interesada en la colonización espiritual de la naturaleza. En esos trabajos, una voz en off reformulaba como amable fábula lo que, en realidad, era lucha por la vida. Y el estreno de este remake hiperrealista de El rey león (1994), notable película de animación de Roger Allers y Rob Minkoff, da un inquietante paso más en esa turbia dirección. Firma la operación Jon Favreau, que en 2016 se había encargado de un remake de la sobresaliente El libro de la selva (1967) bajo parecidos parámetros, pero con una sustancial diferencia: lo que hizo entonces fue una bienhumorada relectura en la que se aportaban notas personales y el intento de animar la vida natural a través de la perfeccionista imagen de síntesis no estaba exento de ideas ingeniosas.

Esta nueva versión de El rey león cree necesario, por ejemplo, reproducir incluso movimientos de cámara del original para contar, esencialmente, lo mismo, con muy escasas variantes, pero con la arrogancia de quien cree estar corrigiendo un borrador, pero, en realidad, está degradando un trabajo excelente. La película de Favreau parece dirigida a aquel tipo de espectador que considera que un buen dibujo es el que resulta más indistinguible de una fotografía: en suma, un público objetivo al que, en el fondo, le hace más falta un curso acelerado de Historia del Arte que una entrada para un blockbuster. Porque lo que aquí se pierde es la idea del trazo como dinamismo, lectura y síntesis de la realidad.

Especialmente dolorosas son las secuencias musicales, donde cuesta encajar la voz con los movimientos de los personajes. Una película tan aparatosa como desorientada y redundante que quizá Walt Disney hubiese aborrecido.